«Violonchelo Solo»- por Efraín Rozas

June 10, 2017

 

Fil Uno es trans. Mutante. No se llamaba así cuando yo lo conocí hace quince años, en un jam session organizado por un amigo cineasta para alegrar un poco a su tío músico que estaba deprimido. Un hermoso detalle del cineasta, que fue un regalo no solo para el tío sino para todos los presentes, ya que allí se iniciaron amistades entrañables que durarían hasta hoy. Una de esas fue mi amistad con Fil, que a lo largo de los años ha fluctuado entre mi admiración, incomprensión, y siempre amor.

 

Fil me mostró hace unas semanas su nuevo disco «Fil Uno: Violonchelo Solo (2013-2016)», en su pequeño y austero departamento en miraflores, en rica primicia, antes de publicarlo. Es un poco difícil describir la alegría que me causó. Un disco hecho a puro pulso muscular sobre la madera del cello, con una técnica que no suena a virtuosismo, mas bien a integración del cuerpo con la madera. Una protesis, un cyborg tercermundista desarrollado en sus años de tocar y tocar entre Cusco, Europa, Iquitos y Lima. Por eso parece un disco electrónico experimental. Por su aproximación a las texturas sonoras, por su minimalismo extremo, por su impecable microtonalismo y el juego con los armónicos. Pensé en Giacinto Scelsi, el compositor extravagante y rico que vivía encerrado en un castillo, componiendo e improvisando obras para una sola nota en violonchelo, nueva estrella post mortem de la música académica contemporánea.

 

Pero la protesis de Fil, ese cyborg, también suena chicha: es un híbrido. Me dio ganas de bailar. De salir a la calle a tomar. Fil Uno es trans. No es hetero ni homo. Su nombre no tiene sentido. Parece el nombre de un cyborg, de un post humano. Nunca le pregunté por qué abandono su nombre verdadero y se puso ese. No acepta ya que se la llame de otra manera. Actitud que hace falta. Gente que se atreva a poner a Lima en el centro del mapa sin mirar al norte. Que no tema a ser llamado cabro, que no tema la condena de los académicos por su chichería, que no tema la incomprensión de los chicheros e indie-os por su pretenciosidad. Falta gente que no vaya a nada.

 

Recuerdo cuando Fil organizó hace diez años unas improvisaciones los domingos en la mañana, en un conocido bar en Lima, en medio de la mugre de la juerga del día anterior. Esos encuentros se volvieron una especie de orgías con personajes extraños, y también una suerte de sesión de espiritismo, de limpieza de ese bar. La intensidad y sinsentido de esas sesiones me atrajeron al inicio, pero luego las dejé porque sentía que no iban a nada. Fil no iba a nada. Pero sí estaba oyendo y yendo a algo, y por fin ha logrado traerlo a este plano, con ese disco, 10 años después, transformado ya él en una cosa con otro nombre. Mostrando que solo yendo a nada se sale de los círculos en los que damos vueltas cada día, cada mes, cada año. No es poco llegar a algo diferente. Es bastante. Toma tiempo. Y queda una puerta grande a lo trans que todos podemos cruzar. Su vida, un arcoiris en Lima. 

 

 

 

 

Lima Grita, Fil Uno, transcinema,

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