LA FF- ADICTOS A LA NUEVA TROLA / Crónica de Ignacio Briceño con fotografías de Adrián Portugal.

El concierto de La FF, “Adictos a la Nueva Trola”, salió tal cual estaba planeado. Cuando el margen de error es amplio, hay espacio para la belleza, así que empecé por vestirme. Mi etiqueta, como plomo de Herr Stahlhacke, era de negro; me probé dos camisas, arreglé mi pelo, escogí una. Al salir, mis zapatos dejaron de parecerme adecuados y volví a casa por uno más acorde, aunque menos cómodos. Con La FF es importante verse bien, si no quieres quedarte atrás. También es importante encontrarse estimulado; empecé por una jarra de frozen de granadilla con champagne, que tomé a grandes tragos. Un inicio ideal para una noche caliente de verano.

 

Fui caminando al punto de encuentro, el departamento, en la calle Domeyer, Barranco, de la Yegua del Apocalípsis. Al abrirme la puerta, se enamoró de mí. “¿Y tú quién eres?”, preguntó. “Yo vengo a trabajar”, respondí. Dentro estaban Herr Stahlhacke y Frau Raquel, junto a su séquito de esclavos, al cual ahora me sumaba, alistándose para atentar, atracar y atraer. El ánimo era elevado. El disparate otorga a los roles asumidos un sentido de pertenencia especial. Mientas Pancho me abordaba, Frau Raquel era puesta a punto entre Juan, la modista, hasta hace poco y por mucho tiempo mi pareja; y la maquilladora. Acicalándose, Frau Raquel adquiría una sensualidad prostituta. Herr Stahlhacke, por su parte, me advirtió que su proceso previo a presentarse le obligaba a ser un hijo de puta. Esto se traducía en un complejo de Führer que desbordaba en violencia verbal del tipo “cabro” o “perra”, pero, a la par, denotaba compromiso con la causa. No debe ser nada fácil ser un agente encubierto perdido, no solo en el tercermundismo sudamericano, sino en la fufulla barranquina, sin la menor idea o control sobre su destino.

 

Tomé una cerveza, rápido. Tomé un whisky, seco. Herr Stahlhacke estaba listo: el pelo engominado, grandes lentes oscuros de bordes plateados, las botas militares de rigor, un pantalón zafiro de corte recto, una camisa entre marcial y yatista de Ancón, un pin de La FF sobre el hombro, el rostro tieso, mudo. Nosotros salimos primero.

 

Estaba borracho pero tenía claro mi trabajo: cargar la maleta carry-on dura y roja. Estaba pesada y Herr Stahlhacke denotaba satisfacción ante mi esfuerzo al bajar las escaleras. Caminamos al bar sin necesidad de hablar. Solo pregunté, en tono conspirativo, “¿Tomamos el puente de los suspiros?”. 

 

Ya en la taberna nos encontró Pere, el sonidista. Español, arriba de los cincuentaitantos, desgarbado y carismático. Dijo algo como “Increíble, basta medio vaso de cerveza para que… (ininteligible)…”. Sentí que era una persona seria. La manera en que se movía alrededor del espacio y en que observaba los precarios equipos disponibles, con una suerte de tambaleo constante, que al ojo de un extraño podría generar dudas, me pareció más bien un ritmo interno propio, y supe que sabía lo que hacía y que lo hacía bien.

 

 

En condiciones precarias, y cuando las intenciones son irruptivas, la combinación de cuidado en el detalle y una conciencia sísmica de las vibraciones, suele traer grandes resultados.

 

Funcionamos bien como equipo y al cabo de un rato la mesa estaba servida. El módulo central de Herr Stahlhacke consiste de ocho dispositivos enmarcados cada uno en una calculadora de bolsillo. Además, cuenta con una Tablet vinculada a un guante con sensores, con los cuales transformará el cello de Frau Raquel en una expulsión de lujuria y decadencia.

Intempestiva ingresó Frau Raquel al sótano, seguida por un séquito de adeptos y mirones que había atrapado en el camino desde la base hasta el bar. La imaginé atravesando el boulevard: con su andar desvergonzado, sus licras ahuecadas, sus tacazos, su muchacho que le carga el cello; atravesando el olor a anticucho, atravesando la mirada de propios y extraños que navegan en calidad de turistas, y la del fumón que desde hace cientos de años se gana la vida vendiendo caramelos como payaso travestido pero es inevitablemente gris.

 

Al verla, Herr Stahlhacke ingresó los códigos para crear una atmósfera de niebla industrial. Frau Raquel entró en el camerino sin mirar a nadie y se dio una escandalosa cachada contra la puerta, haciéndola retumbar como un tambor ritual desesperado. Salió de ahí desafiante, en busca de su cello.

 

El concierto había iniciado y, en perfecta coordinación con el desmadre, llegó una ronda de lo que creo que eran chilcanos.

 

De arranque el tono fue galopante como una fiebre cuya radiación se extiende por las paredes, el techo y el piso del recinto y subiese por las mesas y las sillas hasta los cuerpos. Como entre un virus y un cuerpo que se resiste, se generó una tensión apócrifa que desdibujó los límites, dando pie a un estado de delirio en el que nuestra natural ridiculez humana se fundió.

Entretanto, Pancho intentaba enamorarme o emborracharme (las dos, dice). Yo acepto el trago, pero le pido que no me hable durante el show.

 

Entretanto, unas cincuentonas y cuarentonas rebosantes de jovialidad habían tomado el frente del escenario para bailar duro; Pancho se sumó escandaloso y, al verlo, tres jóvenes se sonrieron entre ellos, como si hubieran estado esperando la oportunidad, y se unieron al grupo. Frau Raquel se desbordaba y se dejaba manosear, buscaba ser manoseada, o, de repente, tiraba un vaso de cerveza furiosa; aunque siempre teatralmente seductora. Herr Stahlhacke, por el contrario, rabiaba ante la cercanía de terceros a su módulo de operaciones, y ante el mínimo contacto empujaba violentamente a los invasores. El descontrol era auténtico y empecé a pensar que quizás los miembros de La FF, a lo mejor, sí eran verdaderamente un par de agentes encubiertos abandonados por su agencia, varados en lo que para ellos es el fin del mundo, y, sin más que hacer, mientras pasa el tiempo, como una forma de engañar a su propio destino, nos quieren arrastrar a todos.

 

Quise advertirle a todos pero me interceptó una copa de vino. Me relajé y sentí comprender la transmutación derivativa. La carne y la máquina, el deseo y la técnica, el circuito alterado por el calor, dieron lugar a un nuevo tiempo y espacio, lo cual no es sino una explosión liberada contenida. Un derrumbe que se alza incólume, un ave que cría una serpiente, un amanecer que no anochece. 

Finalizado el concierto, rápidamente retomé mi rol técnico y, tras felicitar a los muchachos, empecé a recoger el equipo. Frank (Herr Stahlhacke) estaba sentado en una mesa con actitud desafiante, así como la de alguien que está pasado hace horas y está enfadado, aunque cree ser gracioso. “Pásame mi champagne, perra”, me dice. “¿Cómo?”. “Mi champagne, perra”.

 

“Mira, compadre”, le dije, “creo que te estás equivocando, el concierto ya termino. Yo estoy acá para recoger tus cosas”.

 

Cuando FilUno (Frau Raquel) llegó al bar donde fuimos luego, le pregunté por Frank y dijo que lo había tenido que mandar a casa.

 

A veces, es más difícil bajar del escenario que subir en él.

Muchas horas luego, ya sin ninguno de los presentes en el concierto, en otro bar, ya en línea recta, me sentía tranquilo pero vacío.

 

Hablaba de cómo era muy significativa mi ruptura con Thais (Juan); de cómo todo lo que había sido mi vida hasta entonces, mi identidad, repentinamente se quebraba; de cómo esto estaba bien, que tenía que estar solo. Podía decir esto con profunda claridad, con sinceridad, pero sin emoción.

 

Entonces, desde otra mesa, desde una esquina, Domingo de Ramos me hace un gesto para que me le una. Voy para allá y me indica que me siente. Se acerca a mí diagonalmente y me dice, “¿Por qué te coqueas?”. Voltea a mirarme, “¿Por qué te coqueas?”.

 

No recuerdo que le respondí, pero lo desmereció.

 

“La coca va a matar tu creatividad. Fuma marihuana, eso sí” y entonces comenzó un cántico, “Hay que darle tiempo a la creatividad, hay que darle tiempo a la creatividad, hay que darle tiempo…”.

Me miró y me dijo que repita. Lo dijimos muchas veces, hasta que la frase, como un eje que gira y gira hasta hacer invisible la rueda, adquirió poder.

 

Domingo asintió.

 

Yo tenía la sensación haber renacido. Algo de tristeza y satisfacción me acogió.

Sabía que no había nada más que decir, pero no pude evitar preguntarle por qué entre tantos me había dicho esto a mí. “Es que vi algo”, me contestó.

 

 

 

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